Yo empecé a patinar a finales de los ochenta en Madrid, cuando el skateboard todavía pertenecía a los márgenes. No era una moda, no era una actividad aceptada, no tenía el brillo domesticado que parece tener hoy. Era algo extraño, casi clandestino, una forma de moverse por la ciudad que incomodaba porque no encajaba en ninguna parte. Quizá por eso mismo resultaba tan poderoso.
En aquella época apenas había skateparks en España, y los pocos que existían estaban pensados sobre todo para transiciones. Pero a mí nunca fue eso lo que más me llamó. Lo que de verdad me atrapó fue la calle. La calle como territorio abierto, como escenario imprevisible, como lenguaje. Había algo profundamente vivo en patinar una plaza, una acera, un bordillo cualquiera; en recorrer la ciudad sobre una tabla y descubrir que el paisaje urbano podía leerse de otra manera. Donde otros veían bancos, escaleras o barandillas, nosotros veíamos posibilidades. El skate convertía la ciudad en otra cosa.
Por eso siempre sentí que el skatepark tenía algo de decorado. Algo útil, sí, pero también algo artificial. Como si intentara reproducir una experiencia que en realidad solo podía existir de verdad en contacto con la calle, con sus defectos, sus accidentes, su ruido, sus habitantes, sus interrupciones. Porque patinar no era solo hacer trucos. Era también atravesar la ciudad, convivir con ella, discutir con ella incluso. Era una manera de habitar el espacio urbano desde la imaginación, desde la fricción, desde una libertad que no había sido concedida.
Y quizá ahí está una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Hoy hay más skateparks que nunca. Se construyen en todas partes, como si por fin el mundo hubiera decidido hacerle sitio al skate. Y sin embargo, da la sensación de que cada vez hay menos skaters, o al menos menos jóvenes sintiendo por ello la misma fascinación que sentimos nosotros. Es una contradicción difícil de ignorar: cuanto más espacio parece dársele al skate, menos poder de atracción parece tener. Y puede que no sea casualidad.
Tal vez una parte de su fuerza residía precisamente en que no tenía un sitio asignado. En que era incómodo, impropio, un poco fuera de la ley. En que no estaba pensado para ser aceptado ni facilitado. Había una energía especial en hacer algo que parecía no encajar del todo, en deslizarse por una ciudad que no te esperaba, en inventar un uso nuevo para espacios que no habían sido construidos para ti. El skate no solo ofrecía una práctica: ofrecía una forma de mirar y de estar en el mundo. Y esa forma tenía algo de descubrimiento, algo de desafío, algo de desobediencia.
Cuando todo eso se sustituye por espacios diseñados, regulados y previsibles, quizá también se pierde parte del misterio. Parte del imán. Un skatepark de calle no deja de ser, en el fondo, una ciudad simulada: una versión corregida del espacio urbano, sin grietas, sin sorpresas, sin conflicto. Todo está ahí donde debe estar. Todo responde a una lógica. Todo parece dispuesto para facilitar el gesto. Y precisamente por eso, para mí, ahí se pierde una parte esencial del skateboard: la necesidad de mirar distinto, de adaptarse, de inventar. La calle no te ofrece nada resuelto. Te obliga a leer, a imaginar, a insistir. En esa tensión está su riqueza.
No digo con esto que no tengan sentido los bowls, los halfpipes o los espacios pensados para quienes aman las curvas. Claro que lo tienen. Pero otra cosa muy distinta es convertir el skatepark de street en sustituto de la calle, o incluso en excusa para vaciarla. Muchas veces he pensado que los ayuntamientos levantan skateparks no tanto para entender el skate, sino para apartarlo, para contenerlo, para señalarle un perímetro. Como si dijeran: vuestro lugar está aquí, no fuera. Como si la ciudad pudiera repartir permiso solo a condición de que desaparezca la incomodidad.
Y sin embargo, tal vez esa incomodidad sea una de las verdades más profundas del skate. Porque el skateboard, al menos como yo lo entendí desde el principio, nunca tuvo que ver con encajar. Tenía que ver con lo contrario: con desobedecer, con ocupar un espacio no previsto, con hacer un uso imprevisto del mundo. Había en ello algo creativo, sí, pero también algo inconformista. Algo que no pedía legitimidad porque no la necesitaba.
Ser diferente, ser incómodo, ser creativo, no aceptar del todo el sitio que te asignan: eso es parte de lo que siempre hizo del skate algo tan magnético para quienes se acercaban a él. No era solo una tabla. No eran solo los trucos. Era una forma de mirar la ciudad y de estar en ella. Una forma de libertad.
Y quizá por eso sigo sintiendo que el verdadero skateboard no vive del todo en los lugares construidos para contenerlo, sino en la fricción con el mundo real. En la aspereza de la calle. En el azar. En lo que no está previsto. En esa vieja y hermosa costumbre de no pedir permiso.
Esteban Velarde
Una cosa está clara, nosotros empezamos desde cero, fuimos conquistando la cuidad conforme nuestro nivel y confianza fue creciendo. Nuestros tuvimos mucha calle y la hicimos nuestra. Quizás ahora los jóvenes entiendan la calle de una manera muy diferente.
Muy bien hablado Esteban… que vamos a decir los de nuestra edad…. y luego el tema de las clases en paralelo….
Maravilloso